Cada día más, nos encontramos con una realidad culinaria que busca avanzar en beneficio de la satisfacción plena del cliente.

La impecable decoración, la iluminación perfecta, el emplatado cuidado hasta el más mínimo detalle ya no son suficientes para conseguir ese valor diferencial que los grandes chefs buscan en sus restaurantes.

Vivimos en una sociedad en la que la calidad ya no es un valor diferencial, la calidad se da por sentada y gran parte de lo que hasta hace unos años eran elementos diferenciadores, en la actualidad han dejado de serlo.

El entorno visual que acompaña a un cliente en un buen restaurante se entiende como superado y los grandes cocineros y empresarios se esfuerzan ahora por acercarse a ellos de una manera distinta.

La gastronomía es una experiencia sensorial que para ser plenamente satisfactoria debe de abarcar todos los sentidos. El gusto y el olfato están intrínsicamente asociados a la cocina, al igual que el tacto, con la búsqueda de texturas y experiencias sorprendentes para el paladar. Pero ¿Qué hay de la vista y el oído? La vista siempre ha estado presente, pues la estética de un plato y su entorno son la carta de presentación de todo buen restaurante y quien más y quien menos, lo tienen muy presente en la búsqueda de esa experiencia perfecta.

Sin embargo, en un mundo tan volcado en el paladar, el olfato y el impacto visual, el gran olvidado ha sido siempre el oído.

¿Y eso por qué?
Porque hasta el momento solo se tenía en cuenta el mismo en el afán por mejorar la percepción relacionada sobre el ruido en el ambiente. No obstante, durante los últimos años algunos empresarios y chefs han empezado a tenerlo en cuenta y a trabajar con más interés sobre él. La conexión con el cliente mejora notablemente en aquellos restaurantes que prestan atención a los sonidos que escucha mientras disfruta de su propuesta gastronómica.

El oído es uno de nuestros sentidos más importantes y conecta directamente con nuestro lado emocional. Las personas asocian experiencias, sentimientos y emociones a la música. Momentos especiales de nuestra vida siempre han estado asociados a ella. La vinculación emocional de la música es una de las más marcadas: Una canción puede transportarnos de un plumazo a momentos de nuestra vida realmente importantes. Es más, la música, al contrario que con el resto de los sentidos, suele asociarse siempre a experiencias especiales y positivas.

¿Qué ocurriría si fuésemos capaces de que nuestros clientes asociasen la calidad de nuestra comida y esa experiencia total a momentos especiales vinculados con la música?

La impronta que esa situación dejaría en nosotros perduraría en el tiempo. Pero, es más, ¿Qué pasaría si toda esa experiencia culinaria maravillosa y cuidada hasta el más mínimo detalle quedase asociada a una banda sonora concreta? La durabilidad del recuerdo seria casi definitivo.

Es por esto por lo que los grandes empresarios y chefs apuestan por asociar su cocina a la música. Al igual que cuidan colores y texturas, empiezan a preocuparse por una percepción auditiva que cree ambientes y ayude a conseguir que sus clientes disfruten de una experiencia única e inolvidable. ■

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