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Opinión

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Ocio sin ruido, responsabilidad de todos

Llega el buen tiempo y, en cualquier plaza o calle de una ciudad o pueblo de España, miles de personas van a salir a tomar algo y pasar un ratito de ocio nocturno.
Lo normal es que se cene en algún local hostelero y luego se acuda a uno de ocio nocturno a bailar, escuchar música, charlar y tomarse unas copas. Si estamos hablando de una terraza, el propietario habrá pagado todos sus impuestos y tasas, habrá contratado legalmente a sus trabajadores y tendrá que cumplir de forma escrupulosa la hora de apertura y cierre, la ubicación de las mesas y las medidas de la terraza que ocupa. Además, va a ser el responsable del ruido que se genere, de tal forma que, si se produce algún altercado o bronca, tendrá que buscarse las vueltas para frenarlo y, sin perjuicio de perder un cliente enfadado, echarlo de la zona o calmarle. Como se pongan unos cuantos a cantar, estén o no sentados en su terraza, tendrá que intentar que vayan a otro lado y que bajen el volumen de sus cánticos.
A veinte metros va a encontrarse a un grupo de chicos, niños o jóvenes, sentados en un banco o en la misma acera. Estarán bebiendo y comiendo productos que, en el mejor de los casos, habrán adquirido en un establecimiento de conveniencia, lo que en muchos sitios se llama “descuido” o “chino”. Estarán consumiendo, hablando o gritando y nadie podrá decirles lo contrario. Digo en el mejor de los casos porque, muchas veces y según la hora que sea, ya no tendrán material comprado en una tienda y lo adquirirán de entre los miles de vendedores ambulantes, escondidos, ilegales que, incumpliendo las normas del artículo 363 del Código penal en cuanto al delito contra la salud pública, venderán comida y bebida gestionada, enfriada, escondida bajo las tapas de las alcantarillas y, a veces, preparada en la misma calle. Todo muy sano. Imaginemos que aparece un brote de epidemia por una partícula aparecida en estos alimentos. ¿Qué haríamos con estas personas que venden impunemente? ¿A quién reclamar? ¿Quién pagaría los platos rotos? Pues yo les digo: la administración curaría e indemnizaría a los que se han puesto malos aunque sepan que han consumido productos de muy dudosa y peligrosa procedencia. Y los hosteleros de la zona verían cómo los diarios y las televisiones muestran imágenes de sus locales: éstas darán la vuelta al mundo y, en los mercados emisores de turistas, van a pensárselo dos veces.
Y mientras, los impuestos, los pagará el dueño del local de la terraza que, posiblemente vacía de clientes, cerrando a su hora, se encontrará cómo tiene que echar a veces a gritos a los lateros que se sientan en sus sillas a esperar para vender a los transeúntes una lata de cerveza a mitad de precio que en el local.
¿Por qué los alcaldes van a poner más cortapisas en los horarios de apertura y cierre? ¿Por qué hay que imponer como tope de decibelios de ruido en las puertas de esos locales unas cifras mucho más silenciosas que el propio tráfico rodado? ¿Por qué siempre se culpa al empresario de hostelería de los males que generan y no saben cómo evitar otros, y en este caso, además, es clara responsable la administración municipal?
En el fenómeno del botellón que tanto cuesta de controlar a los alcaldes y a las fuerzas de seguridad, habría que empezar por plantearse por qué no se ejecutan las leyes de manipulación de alimentos y salud pública. Ser implacables.
A los que consumen, imponerles las multas de ruido y que los vecinos sepan que, tal vez el chaval que vive en su rellano es el que provoca el ruido y no el camarero del bar de la esquina. Y las multas, que las paguen los padres, los tutores o sus propias cuentas corrientes bloqueadas en el banco, que para eso nos aplican la misma norma por una multa de tráfico. Si se puede con un tema se puede con todos.
Porque, ¿Qué diferencia hay entre consumir una copa de un bar, sentado en su terraza, pagando y hablando bajito y tomarme la misma copa preparada en mi casa con unos amigos en un banco de la misma acera hablando también bajito? La única diferencia es el pago de tasas e impuestos. Si se puede consumir en la calle sólo por pagar tasas, que se respete y se priorice la protección a quien las paga, que es el empresario del local de hostelería.
 

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