Desorden institucional y turismo, una perversa combinación para Cataluña

No debe olvidarse que Cataluña es la primera comunidad en turismo, aportando riqueza al PIB turístico con un porcentaje cercano al 17%. Ese turismo aporta a su PIB local el 12%

El análisis de los resultados del turismo en Cataluña, especialmente los datos referidos a los últimos meses del año, justo cuando se refleja el lamentable impacto del proceso independentista, permite afirmar que la continuidad de la situación conduce a un grave deterioro de las expectativas de recuperación y desarrollo turístico. No cabe duda de que el horizonte seguro dentro del proceso de confusión, de alteración del orden, de aumento de la ruptura social y de deterioro de los indicadores económicos es una depresión de la actividad turística.

Sin agobiar con excesivas fuentes de información y acumulación de cifras, pero considerando los valores disponibles correspondientes al cierre del año, se puede asegurar que de mantenerse los actuales escenarios políticos iremos, irremisiblemente, a la pérdida de posibilidades, perdiéndose, así, el fruto de la excelente oferta turística de Cataluña y derrochándose las ricas alternativas turísticas creadas.

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Una breve, pero severa, consideración de los últimos datos del turismo de Cataluña, muestra claramente que el proceso independentista ha sido un factor negativo y que ha provocado la depresión del mercado turístico, en concreto durante los tres últimos meses del año. El análisis cruzado del número de llegadas del turismo extranjero por comunidades autónomas explica que, para un magnífico año del turismo -el mejor de la serie histórica-, solo Cataluña registra cifras negativas, especialmente durante el cuarto trimestre. Esto, de hecho, ha impedido que el conjunto de España alcanzase los 83 millones de turistas y 87.000 millones de euros de ingresos por turismo.

La tasa de variación mensual acumulada del turismo llegado a Cataluña -creciente desde enero- rompe la tendencia positiva y destruye parte de la capacidad motivadora a partir de septiembre, cuando el proceso independentista cobra fuerza, y desincentiva el viaje de los turistas al encuentro de los maravillosos recursos catalanes. En ese sentido se puede destacar la evolución negativa -como ejemplo de la difícil coyuntura- de tres variables determinantes de los resultados del último trimestre del año, variables que justifican las valoraciones que se deducen de una preocupada reflexión. Caída del 2% de las llegadas del turismo extranjero en ese período; reducción de los ingresos por turismo del 3%; y descenso de la demanda interna, o turismo de los residentes en España hacia Cataluña, durante noviembre y diciembre en 100.000 estancias, lo que supone el 5%.

Podría pensarse que las variaciones relativas son poco sensibles, pero no lo son si las comparamos con los valores en un año de las magnitudes nacionales, como los ingresos y las llegadas del turismo internacional, que han tenido crecimientos medios cercanos al 10%. Además, no debe olvidarse que Cataluña es la primera comunidad en turismo, aportando riqueza al PIB turístico español con un porcentaje cercano al 17%. Ese turismo aporta a su PIB local el 12%, algo más de la media nacional, que es el del 11,8%; y, desde luego, mucho más que la repercusión del turismo en la economía de Madrid, solo del 5,5%.

Ante tales consideraciones, no ha de preocupar el pasado reciente sino el futuro que puede sufrir el turismo en Cataluña. Preocupación cuando, habiendo dispuesto de las mejores condiciones para un desarrollo brillante, comienzan a experimentarse abandonos, deserciones y amenazas de acontecimientos e instituciones, como el Mobile World Congress, que se acaba de anunciar que seguirá en Barcelona, siempre que haya estabilidad. Es esta, la estabilidad, una condición que el turismo exige universalmente, como bien sabemos, y que ante la variedad de destinos y posibilidades para el disfrute de infinitas opciones no duda en cambiar sus horizontes.

Es evidente que el turismo es todo lo contrario al riesgo, la huelga, la algarada, la tensión y la incertidumbre. Todos los que valoramos el turismo, desde cualquiera de sus expectativas, como la consecución de un ideal o de un sueño y los efectos favorables causados no solo a un sector, sino a toda la economía y a la potencial creación de empleo, interpretamos como absurdas toda clase de actitudes egoístas y comportamientos personalistas. Vale que se persigan reivindicaciones que pueden –o no- ser justas, pero en ningún caso han de ser disruptivas y causantes de males que pueden llegar a destruir una imagen y una realidad ilusionante como ha sido, es y debe de ser, el turismo de Cataluña.

Manuel Figuerola Palomo. Universidad Nebrija